ACCESO EXCLUSIVO ›› EXTRANET

Pichot sigue jugando
Fue uno de los mejores jugadores de rugby del mundo a pesar de su escaso metro setenta y cinco y de “lo mal que pasaba la pelota hacia la izquierda”. Metódico, con afán de liderazgo organizador, hace del caos una de sus herramientas principales para crea
Multitasking se dice de la generación criada con computadoras que aportaron a la capacidad de dedicarse a distintas cosas al mismo tiempo con una naturalidad que los padres no pueden terminar de entender. An­te­rior a esa generación, a Agustín Pichot le tocó la mixtura de modelar su cabeza entre la linealidad de los libros y el vértigo simultáneo de las pantallas de vi­deo­juegos. Puede hacer foco sin descuidar la periferia, antes en la cancha, ahora donde sea.

Tiene 36 años y hace apenas uno que dejó de ser jugador profesional. Sin embargo, los últimos días de 2010 lo encuentran con un desgarro en una pierna que da cuenta de que no dejó de jugar. El partido puede encontrarlo en una reunión de siete horas en una subcomisión para reorganizar el rugby en el Club Atlé­tico San Isidro donde (casi) todo empezó. O viajando para seguir aportando desde afuera de la cancha lo que pueda en el complejo camino de Los Pumas hacia el 4 Naciones. También al frente de la radio espn 107.9, proyecto que entre otras cosas puede ser una forma de reinstalarse en la Argentina después de más de 15 años en Europa y un año que lo tuvo más afuera que en el país. Se hace tiempo para llevar adelante su línea de ropa AP9 para Nike, emprendimientos vinculados al marketing de su imagen y colabora en un negocio familiar de vinos y dulce de leche.  
 
 
Abrir el juego
 
“Abramos la caja de Pandora…”, dice para empezar a hablar sobre su juego de estos días. “Todos creen que hago un montón de cosas. O ninguna”, es el preámbulo a una forma de vida perfectamente estructurada a partir del caos, donde los extremos parecen ser herramientas antes que focos de conflicto y donde la palabra clave, más allá de los resultados de cada jugada, siempre es “vamos”. 
 
En sus palabras: “Nunca vi el rugby como algo unidimensional. Si en la vida fui logrando concretar cosas que quería, fue porque el rugby siempre fue una parte más de mi persona y no algo que me ovalaba, como se dice normalmente de algunos jugadores”, dice. Y aunque no reniega del prototipo del rugbier —“soy parte de ese prototipo”— afirma que sus inquietudes siempre superaron largamente su dedicación al juego.
 
Agustín fue así “desde muy chico”, lo cual le trajo “un montón de quilombos”. De esa combinación de problemas e inquietudes a resolver dice que aprendió a “enfocar. Siempre ponía mis prioridades: mi familia primero, después el rugby, leer y escribir”, menciona entre las “cosas compatibles” que hace desde siempre. “Yo cambio todo el tiempo. Si no cambio, me plancho. Tal vez el multitasking es por la motivación de cambiar y no quedarme cómodo en lo mismo…”. 
 
 
Jugar una carrera
 
Clase 74, Agustín se crió entre la escuela y la cancha de rugby del club casi. Llegó vertiginosamente a Los Pumas y su primer mundial lo encontró en 1995 con 20 años y la amarga sensación de ser suplente. A la vuelta recibió los primeros premios importantes, co­mo un Olimpia de Plata. Pero al año siguiente su ca­rrera ascendente se topó con una rotura de ligamentos cruzados que lo dejó impiadosamente a un costado de la cancha. Según recuerda, el propio juego ya le había enseñado a “disfrutar de las adversidades” y se propuso el objetivo de volver en seis meses. No llegó, y dice que aprendió muchísimo en ese lapso. 
 
Todavía no se había recuperado cuando su foto salía en los diarios ingleses por su pase al Richmond. Allí, donde nació una de sus hijas, vivió varios años alternando entre el rugby profesional de una de las ligas más importantes del mundo, algún proyecto ecologista y los estudios para recibirse de licenciado en administración de empresas.
 
El mundial 1999 fue una especie de revancha, ya que fue titular y Los Pumas llegaron más lejos que nunca en su historia. Así, la expectativa para el mundial si­guiente, en 2003, era tan grande como fue luego la de­si­­lusión por no pasar de ronda. Eso fue asumido pú­bli­camente por el ya entonces capitán Pichot como “un fracaso”.   

Esos fracasos fueron la antesala de varios cambios en su vida. Decidió ir a jugar a Francia –otra liga de alto nivel–, donde en 2004 fue campeón con el Stade Français. Como suele suceder, en esos años comenzó a ganar adversarios en la dirigencia del rugby a raíz del liderazgo que manifestaba en Los Pumas, y no sólo dentro de la cancha. 

Ya había sido distinguido como el mejor del mundo en su puesto de medio scrum. En el que sería su último mundial, en 2007, tocó el cielo con las manos al llevar a Los Pumas a un increíble tercer puesto. 
 
Tras su retiro como jugador, volvió con su familia a vivir en la Argentina, tal como “decidieron” sus hijas Valentina, de 10 años, y Joaquina, de 6. A pesar de que él se hubiera quedado a vivir en Europa. 
 
 
Otro juego 
 
El año que lleva en el país lo encuentra en distintos proyectos que clasifica en dos grandes grupos, según le despierten o no pasiones. Claro que esa división es analítica, ya que en la práctica suele encontrarse ante el problema de tomarse “la mayoría de las cosas con pasión”, aunque no le dedique el mismo tiempo a todo.
También define algunos de sus proyectos como altruistas, aquellos que lo motivan aunque no le re­por­ten económicamente. Así dice encarar la labor que realiza en la Unión Argentina de Rugby (uar) para que Los Pumas lleguen en el mejor nivel posible a disputar el 4 Naciones con las potencias mundiales que coinciden en el hemisferio sur: Nueva Zelanda, Aus­tralia y Sudáfrica. O integrar una subcomisión para reorganizar el club donde dio sus primeros pasos y pases. 
 
“Siento gran responsabilidad de completar ciclos de agradecimientos. El seleccionado es la razón por la cual yo estoy acá, me guste o no; esa es la verdad e incluso es la razón de esta nota. Sacando a mi familia, el seleccionado me dio todo en todo: jugué con los mejores del mundo, en contra de ellos, por Los Pumas soy alguien gratamente conocido y el que diga que eso no le gusta está mintiendo. Entonces cómo no le voy a dar una mano a mi club, que es desde donde llegué a eso. Hay una balanza permanente entre lo que uno da y recibe. Dar es muy importante porque te sentís bien vos y porque a la larga recibís. Es un ciclo virtuoso total. Y las veces que hice algo malo –porque no soy un santo ni le paso cerca– eso también vuelve”

 
En equipo
 
Esos proyectos lo pueden llevar varios días fuera del país o mantenerlo siete horas en una reunión en el club. ¿Cómo se ocupa del resto de las tareas programadas? “Me enfoco lo necesario hasta que el trabajo sigue en manos del equipo. Cada cosa lleva su tiempo, pero no voy a estar cinco horas diseñando ropa”, ejemplifica, y cuenta que algunas cosas le interesan más que otras. 
 
Entre ellas están los medios. “Me gustan. Algo que entendí rápido en mi carrera fue cómo comunicar. Ahí tuve un valor agregado para posicionarme donde yo quería”, dice sobre una de sus pasiones más nuevas. “Un día me di cuenta de que me gustaría tener una radio, me pareció que no era tan complicado. Ob­via­mente estaba equivocado. Pero me puse, enfoqué, y ahora te puedo hablar de un modulador como si fueran botines”, se ríe mientras se jacta de todo lo que aprendió en un año y medio.
 
¿Cómo se encara algo de lo que uno no tiene ni idea? “Te tenés que rodear bien y esa es una capacidad que afortunadamente conservé después de dejar de jugar. Tengo un equipo. La directora de la radio es brillante, la musicalizadora también, los técnicos –a los que al principio no les entendía nada–”, enumera el staff que selecciona basado en su aguda percepción. “Te doy un mes para ver si sintonizamos. Una vez que te tengo confianza, podés hacer lo que se te cante. Y si no va, no va”.
 
“Todos los proyectos están compuestos por personas. El recurso humano es fundamental para que las cosas salgan bien. Si alguien está contento yendo a trabajar eso va a salir bien. Y si alguien se siente mal, hay que solucionar las cosas, porque si no los conflictos se transforman en problemas más grandes”, dice acomodándose por un rato en el escritorio desde el que organiza su juego, en una cómoda y austera oficina de los estudios de espn en San Isidro donde llaman la atención tres o cuatro pantallas planas casi como todo decorado.


Líder se nace y se hace 
 
Pichot no necesita apelar al rugby como metáfora de su vida. Como todo deportista, su vida se forjó en una cancha desde chico, recibiendo los primeros golpes y las primeras manos que lo ayudaban a levantarse. También allí, y también a los golpes, se hizo líder. 
 
“Siempre fui un líder. No quiero que suene soberbio, pero lo supe siempre. Hoy lo veo en viejos videos o escucho a amigos que cuentan cómo era yo a los 6 años. Pero llegó un momento en que mis actitudes ponían en jaque ese liderazgo”, reseña sobre esos días en los que un entrenador de inferiores le dijo “delante de todos” que él era “un caprichoso” que se estaba equivocando. “Me dolió, soy muy orgulloso. Pero hice un clic y empecé a racionalizar el tema del liderazgo”.
 
Lejos de la “sobrevaloración que tiene en estos días la palabra líder”, Agustín dice que “se trata del que quiere abrir la puerta que otros no se animan”. Pero esa característica de la personalidad tiene dos caras que conviven en uno mismo “como los lados antagónicos de La Guerra de las Galaxias”, compara. “El líder negativo obliga a los demás a que lo sigan cuando él abre la puerta. El positivo –que no siempre es lo mismo que bueno– dice ‘vamos a abrir la puerta’. Esa actitud se trabaja, se construye con el tiempo, con buenos educadores y referentes, pero siempre aparece el lado oscuro, todo el tiempo”.
 
La clave, entonces, del liderazgo positivo es canalizar las voluntades para llegar a un mismo objetivo. “Hay que dejar que el ego te permita ver que si lograste ser feliz mientras tiran todos y vos también, se disfruta tres veces más. Si me preguntás qué es lo que me mueve en la vida es generar cambios bajo ese concepto”. 
 
 
De la razón a la pasión
 
Cuando Agustín Pichot habla, su cerebro va más rápido que sus palabras. No puede evitarlo. No termina frases, salta de tema en tema, como si todo fuera parte de la misma lectura que desde chico aplicaba por igual en una cancha de rugby o frente a una pantalla de videojuegos de las que obtuvo, a fuerza de horas, el apodo de “Ficha”. Habla, escucha, lee y así se expresa, combinando gestos con palabras, a veces con fluidez, otras avasallante. 

Distinto es al escribir, cosa que dice hacer con pasión y sin ninguna pretensión literaria. Cuando escribe –sus textos pueden leerse en su sitio web www.apichot9.com– parece encontrar un orden que afloja tanto vértigo sin atentar contra su pasión. 

Lo interesante es que de ambas maneras, a priori opuestas, se hace entender por igual.

Tal vez haya desarrollado desde chiquito la cualidad de crear a partir del caos, buscando extraer de una montonera de 40 brazos y piernas el mejor camino hacia el ingoal de turno. Un camino que tenía como destino –o como escala, porque aún lo sigue recorriendo fuera de la cancha– ser el mejor medio scrum del mundo, a pesar de las desventajas técnicas y físicas que venían en el mismo paquete. 

“Fue un 100% de voluntad, de pasión en lo que hacía y también de racionalizar el juego en cierta parte”, dice sobre el camino en el que aprendió a combinar los opuestos y a crear desde el caos. Esa racionalización de la que habla es la que hace considerar a muchos entendidos en rugby que el verdadero plus de Pichot estaba en su cabeza. Algo que cultivó de chiquito, cuando comenzó a interesarse en la lectura y, luego “inevitablemente”, en la escritura.

“Leyendo encontré la otra cara del lado pasional, un lado racional. Escribo percepciones mías de cosas que me van pasando; del éxito o el fracaso, del juego. Es como una filosofía de la vida de un deportista: se trata de pensar, racionalizar, evaluar lo que está pasando y escribir”, dice sobre esa pasión-cable a tierra sobre la que le gusta poner uno de sus múltiples focos. 
 
 
Caos y creación
 
Pero saber combinar la razón con la pasión, la pausa y el vértigo, o el topetazo y la idea iluminada no es suficiente cuando se trata de aunar 15 voluntades –por poner un número– para lograr algo capaz de poner a varias personas felices al mismo tiempo. De alguna manera eso debe ser organizado y para eso –a esta altura ya no debería ser sorpresa– Pichot se ampara en el caos, del que dice tener una teoría de la que “podría­mos hablar horas”.

 “Soy muy metódico: primero busco la organización para luego aplicar creatividad. Pero todo tiene que empezar del caos. Todo tiene que arrancar de lo roto para darte cuenta de que lo bueno está bueno. Es como tener que sufrir para después saber sentir. Sólo puedo ordenar mi habitación, o esta oficina, si está todo totalmente fuera de control”, dice dibujando en el aire un soberano infierno de papeles y cosas tiradas sobre su pulcro y prolijo escritorio. “Necesito el caos para poder ordenar”, dice reconociendo que su vida se trata de empujar los límites, “siempre”.

Así, la autoestima bien alta se retroalimenta con la autocrítica más profunda. “El diagnóstico siempre tiene que ser a lo más duro. Si no vas al fondo no llegás nunca. Si no querés admitir que no sabés pasar la pelota a la izquierda nunca vas a jugar bien. Es imposible la perfección, pero el desafío es la única forma de mejorar”, dispara para hablar sobre las metas que se fue poniendo en su carrera “para no quedar en piloto automático”.

Por ejemplo: cuando se sintió un inglés más quiso ir a probar a Francia. “Estaba feliz, era uno más, ya había internalizado el té de las five o’clock. Entonces ahí dije ‘todo bien, pero nos vamos’. Y fui a cabecearla allá a París”.
 
 
El futuro del ex
 
Un día se le terminó la batería y dejó de jugar al rugby. “No me quedaba nada. Si hoy me pusieras en una cancha sería un fantasma, una cáscara vacía. Ya está, me fui pleno, me quedé sin nafta y no quiero más nada. Amo la camiseta, la puse donde tenía que estar. A veces me da cierta nostalgia, pero no vivo de mis recuerdos. Ya está, se terminó”, dice con serenidad sobre ese aspecto tan difícil de la vida de cualquier deportista profesional.

Sin embargo, el juego sigue. Tranquilo, admite tener apenas “un millón” de proyectos con los que piensa encontrarse ni un minuto antes ni uno después del momento que aparezca como el adecuado. 

Lo primero que menciona entre esas metas/deseos es ser entrenador. Pero “para eso falta”, dice que primero prefiere terminar de entender cómo se maneja el rugby a nivel dirigencial. ¿Y la política? “Ya va a llegar”, asiente displicente, con cara de está bien, pasemos a otro tema, como si fuera inevitable que alguien con su perfil pase por ahí pero convencido de que ahora no es el momento.

Por lo pronto, el año que viene lo encontrará comunicándose a través del micrófono en un programa de radio. “Será otro desafío, otro quilombo más, pero ahí vamos”, dice muy entusiasmado sobre esa nueva tarea para la que se está preparando “escuchando radio 24 horas diarias”. Y, por si no queda claro, explica: “Algo que nadie entiende de mí es que yo voy a todas. Si creo que es un proyecto que va conmigo, con mis ideas, vamos, no me importa nada. Así también me he pegado cada trompazo”.

Ir, buscar, caerse, levantarse, ganar y perder. Mirar hacia adelante y buscar por dónde avanzar. Mirar hacia atrás y ver con quién hacerlo. Abrir la puerta para que pasen todos. Como el rugbier multipremiado en Europa y el pibe que se la pasaba en las maquinitas de videojuegos, empresario al frente de varios negocios, voluntarioso colaborador de la subcomisión de un club o aprendiz de conductor radial, Agustín Pichot sigue jugando.

inc_view_static_content.htm
inc_more_recommended.htm File: inc_herr_s_relacionado.htm
frontend_view_content.htm