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La ciudad de la gente
El colapso de los grandes centros urbanos y la necesidad de pensar nuevos modelos enfocados en el bienestar de sus ciudadanos. Un anticipo de un libro de próxima publicación
Este artículo no pretende hablar de la creación de nuevas ciudades desde la “ciencia” urbanística, sino que enfoca el análisis en lo que es el real problema de los grandes núcleos urbanos: la gente y sus necesidades terrenales, cotidianas y concretas. Como decía Rene Des­cartes en su Discurso del método,"las ciencias no están tan cerca de la verdad como los simples razonamientos de un hombre". Según él, las ciencias expuestas en los li­bros, al menos aquellas desarrolladas y progresivamente engrosadas con las opiniones de muchas personas, no estaban tan cerca de la verdad como el mundano pensamiento de un hombre de buen sentido. Intentaremos seguir entonces en nuestro camino el consejo del filósofo francés. La guía de este análisis será el sentido común. La idea es poner en tela de juicio las verdades asumidas, muchas veces por simple repetición, y proponer soluciones basadas en la experiencia más llana y el razonamiento más puro, lo más incontaminado posible.
Si tuviéramos la utópica posibilidad de utilizar nuestro intelecto sin los condicionantes culturales que participaron en su formación, seguramente veríamos bastante llamativo que la sociedad que declara ob­soletos y recambia en períodos cada vez más cortos celulares, computadoras, electrodomésticos, autos y viviendas –entre tan­tos otros bienes– sea la misma que in­siste en agrandar y emparchar permanentemente las ciudades de siempre. La misma sociedad que en su agrupación nuclear más primaria, la familia, aplica un pragmatismo extremo y a medida que va sumando miem­bros cambia de heladera, de auto y hasta de vivienda no es capaz de hacer lo mismo con sus centros urbanos. Un procedimiento que, sin embargo, era común hace más de 2.500 años en una civilización dueña de la mirada virgen, racional y lógica que idealiza Descartes. Los antiguos griegos, pa­dres de nuestra cultura, recurrían a la fundación de nuevas ciudades como una práctica común y establecida. Sus polis, modelo político de las ciudades de hoy, tenían un cupo que garantizaba su óptimo funcionamiento. Cuando ese cupo se superaba, organizaban expediciones colonizadoras para fundar nuevas ciudades. Un modelo completamente lógico. Nadie en su sano juicio blanquearía las hojas de un cuaderno ya escrito para reutilizarlo sino que compraría otro.
Bien, asumamos entonces un espíritu cartesiano y apliquemos nuestro sentido común: fundemos nuevas ciudades como nuestros brillantes antepasados. ¿Cómo no se nos ocurrió antes? Sí, sí se nos había ocurrido. En pleno siglo XX y también en este tercer milenio. Pero, como suele suceder, lo que en las ideas es claro, en la realidad se vuelve turbio. Los intentos de construir ciudades desde cero fueron un fracaso. Para evaluar los motivos de este fracaso, dividiremos estos intentos en dos tipologías.

La ciudad gobierno


El primer tipo lo componen los proyectos impulsados por el Estado cuyo objetivo es, generalmente, la creación de una nueva capital, fundada con el fin de aislar los poderes –económicos, políticos, industriales– y nivelar el tejido demográfico. Un ejemplo paradigmático es Brasilia, la capital federal de Brasil. Otros ejemplos son Putrajaya, capital administrativa de Mala­sia, o, uno de los más nuevos y polémicos, Naipyidó, capital de Birmania.
Hay mucha teoría científica y sociológica al respecto, pero sin dudas una de las motivaciones más fuertes para estos emprendimientos faraónicos fue siempre el miedo de los gobernantes a su pueblo. Ya en el año 1682, Luis XIV decidió el traslado de facto de la capital de Francia desde París a Versalles. En determinados momentos históricos es funcional a los gobiernos de turno aislarse del acoso o del control directo de la gente.
La creación de este tipo de nuevas ciudades atiende las demandas de un ente “superior”: el gobierno. Se planifican desde el punto de vista de un determinado pensamiento, en un momento histórico particular, dejando de lado los requerimientos de la gente, que son básicamente los mismos, imperturbables, desde hace milenios. Los urbanistas, cómplices de esta situación, dan cabida a la megalomanía de los líderes de turno. Los trazados se dibujan, por ejemplo, copiando la geometría de un ave o sus simetrías –puro capricho formal, sin demasiado anclaje real– y olvidan o soslayan datos básicos como, por ejemplo, las distancias que este dibujo obliga a recorrer a la gente. Una decisión estética narcisista que impide movilizarse a pie o en bicicleta, con el daño ecológico que esto encierra.
Un modelo conceptual de toma de decisiones que no piensa en la gente nunca puede consolidar un núcleo social con autonomía y personalidad. Prueba de esto es que a más de 50 años de su fundación, con una población de dos millones y medio de habitantes, la capital del país con mas adeptos al fútbol no tiene equipo propio de relevancia. Un dato que puede parecer anecdótico en cualquier país asiático es insoslayable en el caso de Brasil, donde el futebol es la expresión cultural popular más importante.

La ciudad fantasma




El segundo tipo lo componen los proyectos impulsados por las mega promotoras inmobiliarias asociadas con los grandes bancos. En este caso el fin es puramente económico. El objetivo de estos desarrollos es generar millonarias ganancias para sus promotores. Lógicamente, las necesidades reales de la gente también quedan de lado, se convierten en un dato menor que no tiene incidencia en esta gran puesta en escena. La ecuación mágica para estos proyectos pasa por otro lado: cuanto más grandes sean y en menor tiempo se construyan, mayor será la ganancia. Cualquier otro término que se pueda sumar a esta ecuación –bienestar, confort, y hasta factibilidad habitacional– carece de relevancia. El resultado obtenido es tan absurdo como el paisaje de enormes ciudades “a estrenar” completamente deshabitadas.
¿Ejemplos?, muchos. La ciudad fantasma de Chenggong, en China, los casos como Valdeluz y Seseña, en España, Adam­stown, en Irlanda o Kilamba, en An­gola. Urbanizaciones construidas fuera del alcance económico de sus potenciales ha­bitantes. Datos y situaciones predecibles desde la concepción del proyecto que seguramente no fueron subestimados por impericia, sino por su irrelevancia a los fines de los responsables intelectuales y financieros. Una situación directamente relacionada con la famosa “burbuja inmobiliaria” que puso en crisis a las potencias económicas a fines de la década pasada.

La ciudad y el ciudadano

En los dos casos expuestos, por diferentes motivos, los “usuarios” de la ciudad no fueron tenidos en cuenta como factor determinante en la concepción del modelo urbano. Una aplicación básica del postulado cartesiano sobre el que sustentamos este artículo demostraría rápidamente algo que es una máxima del mercado: un producto que no piensa en su usuario tiene asegurado su fracaso. Sentido común. Sin embargo, una vez más, lo que es lógica irrefutable para diseñar una licuadora parecería no serlo para el caso de una ciudad. Paradoja etimológica, las ciudades no se piensan para el ciudadano.
Para resolver los problemas que aquejan a nuestras ciudades hoy debemos elaborar una forma nueva de pensar, y de actuar, sobre su realidad. El éxito de los proyectos se debe medir no sólo en el beneficio económico o político obtenido por quienes los construyen sino básicamente en el beneficio –económico, cultural, social– de quienes los habitan. La única forma de desarrollar nuevas ciudades exitosas es poner el foco en las necesidades reales y cotidianas de las personas, y hacer que el resultado esté al alcance de las masas. Un nuevo paradigma que apor­te soluciones tecnológicas, inteligentes, es­tratégicas y de sentido común a las de­man­das de los ciudadanos: tráfico, infraestructura, educación, deporte, ocio, etc.

Densidad:
un problema, una solución

Se suele leer y escuchar que el gran problema de las ciudades es la densidad demográfica. Materialización de Lucifer, la densidad es culpable de la polución, del colapso de la infraestructura, de los problemas de tráfico, de la inseguridad y de todos los males. La mirada imparcial que proponemos, que no acepte nada como verdad sin evaluarlo concienzudamente, puede ayudarnos a demostrar que esta demonización de la densidad no sólo es errada sino que la raíz del problema está en que esta densidad es insuficiente o no está programada de una manera estratégica.
Cuántas veces uno camina por una ciudad y encuentra espacios desocupados, terrenos baldíos, parcelas que no están edificadas en todo su potencial y situaciones similares, generalmente derivadas de especulaciones inmobiliarias. Esta realidad obliga, por ejemplo, a que los transportes –sean públicos o privados– recorran cuatro veces la distancia que deberían recorrer si esta situación no existiera. Sabemos lo que esto significa: mayor gasto de combustible, mayor contaminación, mayor probabilidad de accidentes y, lo peor de todo, mayor gasto de tiempo. La misma lógica se aplica a todos los servicios: los tendidos son cuatro veces más largos, las caídas de tensión en las redes eléctricas son mayores, la recolección de residuos mucho más extendida. Muchas situaciones comerciales que hoy no son viables lo serían con una mayor concentración demográfica. Un mercado concentrado aumentaría las opciones para el entretenimiento, el deporte , la educación y los servicios en general.
Para ilustrar este panorama es paradigmático el caso de los grandes centros co­mer­ciales. Por un lado, tenemos ciudades con densidades desperdigadas y por otro, grandes centros que concentran la actividad comercial. Gran cantidad de consumidores deben desplazarse desde diferentes pun­tos de nuestras extendidas ciudades, con el consiguiente gasto energético y am­biental, para generar la alta densidad que estos polos comerciales demandan. Y esto sólo por un rato: luego de efectuar sus com­pras, esta masa demográfica debe desconcentrarse y redistribuirse, duplicando el perjuicio económico, ambiental y gastando nuestro bien más preciado: el tiempo. Este es, en efecto, el único recurso que el hombre, a pesar de su brillante inventiva, no puede recuperar. Y pese a ser el más precioso de los recursos, las ciudades tal como las conocemos hoy obligan a las personas a malgastarlo en atascos de tránsito y en recorrer enormes distancias en los distintos medios de transporte. Todo esto para, al llegar finalmente a casa, salir a caminar por­que hace bien a la salud. ¿Suena lógico?
Las ciudades estratégicamente densas, en cambio, deberían permitir llegar a todos lados caminando. Y si no se pudiera caminando, las menores distancias harían que el transporte público fuera mucho más eficiente: recorridos más cortos para trasladar más gente. Ecuación áurea.
La contaminación ambiental, otro de los íncubos imaginarios, también bajaría por la reducción de circulación vehicular, con el consiguiente descenso de producción de CO2. Por otra parte, los trayectos cortos optimizarían el uso del transporte eléctrico que hoy encuentra una barrera en su acotada autonomía.
Otro de los mitos de las ciudades densas, la supuesta ausencia de espacios verdes, también caería fácilmente. Una de las fortalezas de este sistema ideal es que, al densificar las zonas de la ciudad en las áreas destinadas a vivienda, trabajo u ocio, quedarían más sectores libres para áreas verdes o espacios deportivos.
En resumen, la densidad poblacional estratégicamente desarrollada no sólo no es un problema sino que es una solución. Reducción de tiempos de traslado, optimización del transporte, baja en la contaminación, aumento de espacios verdes, aumento en la oferta de entretenimiento, educación, deporte y cultura. Mejor calidad de vida y mayor bienestar.

Por supuesto que el de las nuevas ciudades es un tema que excede en mucho la redacción de un artículo de contados caracteres –y es por eso que serán expuestos con mayor profundidad próximamente en un libro–, pero creo que las claves están presentadas. Las nuevas ciudades no sólo son posibles, sino que son lógicamente necesarias. A diferencia de las experiencias negativas en el tema, la base de su éxito estará en que sean pensadas por y para sus habitantes. Un procedimiento intelectual que propone –como el “caso testigo” de la densidad demográfica, sólo uno de los tantos principios que deberían someterse a juicio– abandonar preconceptos y cuestionar verdades establecidas para aventurarnos con la más pura racionalidad en la construcción de un futuro sutentable, inteligente y posible.


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